30.5.06

Cuando nos enseñaron que había que cederle el lugar a una mujer o un adulto mayor eran momentos en lo que la revolución femenina tenía bien cargadas sus baterías contra el machismo omnipresente y todopoderoso. Los hombres eran los culpables de todo. Los antihéroes por naturaleza. Los tiranos. Había que limpiar esa reputación.

Era cómico mirar la escena tipo historieta de Supermán: una mujer sufría el terrible dolor de no ir sentada en el bus hasta que -¡tarantaran!- aparecía un salvador surcando los aires a toda velocidad, era Zeus o Neo, un protector, un caballero de verdad no de esos que salen en la televisión, no, uno de carne y hueso que le ofrecía su asiento para que sus lindas zapatillas o tenis no se desgastaran. Qué lindo.

Recuerdo que por esos días si abordaba una mujer cualquier tipo de transporte enseguida, como catapultado con un resorte en el trasero, el fantoche y presumido caballero sin sombrero ni guantes blancos ni bastón abandonaba su cómodo sitio para heredarlo a una inocente, “débil” (lo pongo entrecomillado por razones de textualidad más no de referencia; conozco muchas mujeres aguerridas que ya abandonaron su papel de víctimas y son protagonistas de las mejores historias) y cansada dama.

Objeto de broma se convirtió este exceso de cortesía. Recordarán ese chiste en el cual otra mujer se sube a un camión y como ve que nadie se levanta para que ella tome asiento dice: “¿es que aquí no hay caballeros?” y los presentes le responden: “No señora, caballeros si habemos lo que no hay es asientos”.

Así pasaron los tiempos. Ellas se acostumbraron a que ellos les cedieran el asiento casi por decreto, por obviedad , porque esa femina les gustaba y entonces lo hacían con la finalidad de acercarse. Todo iba bien para ellas sólo que no previnieron que eso que iba a funcionar con los hombres no iba a operar con las de su género.

Una anciana, un discapacitado o una señora con un bebé en brazos son siempre objeto de la cortesía. Incluso, por norma siempre tienen asignados lugares específicos. Me divierte mucho observar cómo las mujeres han aprendido que ni a las de su género hay que cederles el asiento, no importa que carguen a un niño entre las incomodidades del transporte público, ni que se encuentre embarazada ni muchos que su edad merezca la concesión de un lugar.
Han de pensar: Eso que lo hagan los hombres, para eso están. No lo dudo.

Se hacen completamente weyes. Sólo las miran o se hacen las dormidas. No importa que ocupen sitios especialmente asignados para este tipo de usuarios. Me encanta ver la indiferencia de mujeres hacía mujeres. No fueran ellas las que estuvieran embarazadas y con un enorme bulto las que buscaran desesperadamente un asiento. No. Eso me hace preguntarme ¿por qué tenemos que ser siempre los eternos servidores de ese canibalismo silente?