8.6.06



Aprender a mirar de nuevo


Eunice se encabrona. Sale de su casa y, según ella, no existe ningún salvoconducto en esta tierra de ciegos. Todo el tiempo reniega de su existencia. Que-esto-que-lo-otro-que-no-sé-qué. Eso sí, camina derechita por la calle; los hombres la miran. En realidad sabemos que los hombres miran a todas. Una sola nunca es suficiente. Siempre hay que querer más y más y más; parte de su
ninfómana existencia de hilos que no se sabe de dónde vienen o a dónde conducen.
El tiempo comienza a devorarla desde los hombros. Le arranca un suspiro que en realidad es un punzado dolor. El tráfico esta de la chingada, "no voy a llegar puntual al trabajo otra vez". Hoy empieza el Mundial, así que siente que las mañanas estarán mejor sin tanta gente en la calles. Todos, según ella, son unos alienados consumidores de publicidad así que estarán frente a frente con un control remoto en las manos mientras la batalla de todas las batallas se lleva a cabo en 90 minutos.



—Hola, qué tienes, Eunice, ¿por qué eres así?— le pregunto entre intrigado y burlón desde el videochat.
Soy una máquina-humana que no siente ni quiere. Un hielo parlante. Una máquina no-deseante. Agarra su ipod y me escribe: "No insistas, no me preguntes más. No me molestes, ¿quieres?". Tiene aire de femme fatale. Es un ser andrógino que detesta la monotonía, aunque su propia monotonía consista en un religioso desinterés hacia todo.

El sol no ha salido del todo bien este día. La mañana está nublada, y no le agrada porque la entristece más aún. El aire frío le arrebata a sus fantasmas de cabecera, con los únicos que se siente identificada. Los que le hacen compañía. No importa que no sean encarnados. Aunque mucho menos le gustan los días calurosos. Nada le gusta.

Todos verán el Mundial, al menos tendrán un televisor que les quité la soledad, piensa. Su alma es una lámpara de queroseno olvidada en la casa del abuelo. De vez en cuando regresa a recordar. El presente es una náusea que le hace repetir el
mantra nihilista de las sociedades del progreso, que paradójicamente se vuelven cada vez más depresivas: "No hay nadie para mí. Nunca conoceré el amor". Aunque a nadie mira desde sus enormes ojos cafés oscuros, casi negros. Así protege sus miedos y obsesiones de la mirada inquisitiva de sus amigas. Fingir, ponerse una máscara. Pacta con gatos y con el musgo, como pedía Julio Cortázar.

Me llamó ayer por la tarde para decirme que "los ches gringos" mataron a
Abu Musab al Zarqawi. . El mundo es una patraña. Hay que dejar de leer periódicos, agrega. "Tú que estás enredado entre papel y letras de rotativa deberías de buscarte un mejor empleo, algo más digno que escribir, caray", me sugirió.
Entre café y tabaco me mimetizo con el pensamiento de que si no fuéramos como ella, que sabe ocultar su interior de un exterior agresivo, no podríamos sobrevivir. Son necesarios los disfraces. Encubrir, aparentar, simular o disimular son diferentes palabras para nombrar la inseguridad magmática que bulle desde siempre en su interior. No se decide a consumar lo que inició ayer. Su vida esta confundida. Cree que nunca realizará sus sueños ni le alborotará el viento ligero de la felicidad su cabello largo, liso y ennegrecido.
Diez de la mañana sobre una coagulada avenida Tlalpan. Ya el tiempo terminó por devorarla por completo. Y eso que apenas comienza el día. No para ella ni para quienes piensen y vivan como ella, que baila sobre una cuerda de supuesta seguridad, constancia, éxito y amantes; eso es una puerta que encubre a otra puerta de color oscuro. Pero eso es sólo es por fuera. Adentro hay un huracán que todos los días azota las playas de su tranquilidad.