15.6.06

Eunice se fue unos días pero dijo que regresará



- Ábreme.- Exige desde el auricular una impertinente voz duenderil a las tres de la mañana.
- Tengo mucho sueño Eunice, mejor otro día. ¿Dónde estás?
- Aquí, abajo de tu casa. Anda, ya baja que hace mucho frío.

No es mi amante pero me gustaría perderme en el límite de su cordura o en el borde de su rimel pegajoso. En la novela de Vladimir Nabokov Ardis o el ardor la nínfula expresa que "para poder disfrutar la vida no debemos disfrutarla demasiado". Lo creo. Desde sus ojos cafés de animal citadino Eunice sólo ve a las personas "por fuera" ya que "en su interior hay tripas deglutiendo miserias".

Tacones rojos, minifalda blanca y perfectas uñas esmaltadas de color sangre arriban neuróticos a la habitación. Ella es una oscura mente semidrepesiva que se desliza por las calles vacías de la noche como un fantasma que no quiere enterarse que es un monstruo de exigencias materiales.

- Dime urbanitas, ¿por qué debemos cubrir estereotipos y requisitos todos los días? Estatus, dinero, belleza, buen trabajo, ropa de marca, carro del año, cirujías estéticas, prestigio, esclavismo. La sociedad goza de elegir de regidores de sus destinos a los mercaderes de las almas. Ahí están de ejemplos: Hitler, Bush, Calderón o López Obrador.

- Ya te vas a poner filosófica otra vez - le digo mientras le ofrezco una taza de café. Ella ha encendido un tabaco y mira ahora por la ventana-. Mejor búscate un amante nocturno para que ya no andes pensando en esas cosas. Eres muy linda como para ver la vida de esta manera ¿no crees?.
(Ríe. Por ella mandaría a cortarle la cabeza al profeta y colocarla frente a su rostro de reina vengadora, pero la prefiero de amiga. El amor es como un coche-bomba estacionado afuera de una estación de policía iraquí. La chica de tacones rojos se acomoda sexy sobre el sofá mientras su delgadez y cabello negro destella en la habitación blanca).
- La enfermedad es cotidianeidad y normalidad. Hay que abortar los clásicos esquemas; no tenemos que adaptarnos a él.
- No sé, siento que te quejas demasiado y al final no sé si toda la rebeldía que bulle en tu epidermis al final de todo continuará en esta especie de guerrilla callejera.
- ¡Bueno, ya!, detén tu paranoia. Sólo vine a despedirme de tí. Me voy. Te diría en dónde estaría, pero ni yo misma sé. Me comunicaré de vez en cuando contigo. Si Stephen Hawking dice la verdad de que el presente, pasado y futuro no existe, entonces quiero extraviarme en un gusano del tiempo. Agradece que ya no me verás más por unos días. Huyo en el instante en que todos se quedarán pringados en la pantalla de los televisores viendo el partido de México contra Angola.


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