22.8.06

¿Qué esperamos para organizarnos?/Primera parte de dos


El 19 de septiembre de 1985 la gente se hincó, extendió los brazos en cruz y rezó. Los edificios crujían y el miedo brotó. Las miradas imploraban piedad a un cielo plomizo. Esa día el miedo se respiraba y transpiraba. La mayoría de la gente no pudo regresar a su casa, muchos durmieron en la calle.

Es preocupante que a 21 años de los terremotos del 19 y 20 de septiembre en la ciudad de México, todavía muchos capitalinos no sepan que en situaciones de crisis se debe mantener la calma y ubicarse en sitios seguros, como debajo de escritorios y pilares sólidos.

Existe escasa información necesaria de protección civil y cultura de prevención entre los habitantes.

Saber cómo reaccionar ante un siniestro es necesario para salvar el mayor número posible de vidas. El mayor número de pérdidas se dan a consecuencia de la falta de cultura del riesgo, del conocimiento de lo que se puede hacer para evitar un mayor deceso de vidas. Es decir, trabajar en la consolidación de medidas preventivas y no sólo de reacción.

Aún muchos recuerdan aquella mañana ennegrecida por el paisaje urbano en ruinas y los cadáveres. Casi todo reducido a escombros; sin embargo, también una sociedad solidaria que fue capaz de organizarse y movilizarse, rebasando por mucho las acciones que realizaba el gobierno en turno. En ese momento quedó claro que la sociedad mexicana tenía el poder; un poder conferido por el deseo y la necesidad de ayudar a sus semejantes.

Se acerca puntualmente el repicar de las campanas burocráticas de las autoridades locales y federales declarando a los cuatro vientos que los (¿todos?) ciudadanos están preparados para enfrentar cualquier catastrófe que se presente ya que se ha avanzado física y mentalmente en medidas preventivas. Enseguida entonarán el Himno Nacional mexicano, después guardarán un minuto de silencio en memoria de las víctimas atrapadas entre toneladas de concreto y al otro día se les olvidará la ceremonia anterior.

México registra 10% de los sismos a nivel mundial, con una frecuencia de mil 100 al año, en promedio, originados por las cinco placas tectónicas que se ubican en territorio nacional, de acuerdo con un reporte de Protección Civil del DF. En el caso de la ciudad de México, sólo dos afectan el territorio, la de Cocos y la Norteamericana, ubicadas a 300 kilómetros de la capital.

No olvidemos que la ciudad está asentada sobre una gran falla geológica que es la fuente de los más grandes y frecuentes sismos. Además, existe un déficit de al menos mil bomberos y seis estaciones para cubrir emergencias de la magnitud del terremoto de 1985 (El Universal 29/julio/2005).

Otros dos ingredientes (hay más) en esta ensalada geológica es el hundimiento de la capital, fenómeno derivado de la sobreexplotación de mantos acuíferos.
¿Son útiles y eficaces los simulacros que se realizan en diversas partes de la ciudad de México, tanto en oficinas públicas y empresas privadas? Si no es así, ¿entonces debemos hincarnos y extender nuestros brazos viendo cómo todo se derrumba a nuestro alrededor como aquel 19 de septiembre? ¿Cómo hacer que el pasado no sea sólo un capítulo irrepetible y nostálgico?.

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