19.9.06

La corrupción


Es muy fácil mentir. Si recurrimos al diccionario podemos ver que "engañar", "falsificar" y "fingir" son tres sinónimos de la misma palabra, pero si escarbamos más allá de la semántica nos toparemos con una pregunta: ¿Por qué mentimos? Aquí estamos no ante una roca sino ante una muralla. Si fingimos lo que no somos es, entre otras cosas, porque simulamos ante alguien determinado lo que no hay en nuestro interior. Digamos que realizamos un acto de magia, un pomposo truco. Nos ponemos la máscara de un otro-Yo que no me define del todo para convencer, dominar, obtener y conseguir un propósito.


La mentira está muy ligada a la corrupción. Dice Agustín Basave en su ensayo La corrupción en México que nuestra visión del engaño y la burla es para nosotros algo así como un gen hereditario. Nacimos en medio de ella ("Quizá tenga que ver con la incertidumbre de pertenencia que nos dejó como saldo el encontronazo de los dos mundos: si no sé quién soy no sé a dónde pertenezco ni qué me pertenece, y si nada es de nadie todo puede ser mío") , es lo que hace caminar al país -no importa hacía qué lugar, pero lo hace dar pasos-, el status quo, un mal necesario que une, por decirlo así, una constitución que vive en la estratósfera y más allá de la realidad cotidiana.

El otro día me decían en tono muy encabronado que habían visto cómo unos policías extorsionaban a un automovilista (a muchos eso no nos puede escandalizar de lo tan acostumbrados que estamos a estos modus vivendi). Era muy sencillo: Los uniformados no se exhiben como antes a la vista de todos al momento de recibir un billete. Ahora le dicen a los extorsionados que se vayan a dos o tres cuadras de donde se realizó la extorsión. Cobijados de la vista de los zombies urbanos que podrían delatarlos. Basave en su ensayo añade que "en México suele ser más fácil ser corrupto que ser honesto, y la corrupción cumple más eficazmente que la legalidad el papel de ordenadora de la sociedad. Y en esas circunstancias esperar que no prolifere es ir contra natura."

¿Qué hacer? ¿Ir a adoctrinar a los policías que deben pagar cuotas por trabajar en determinadas zonas? ¿Decirles: ¡Oiga señor policía no lo haga; no hay que mentir! No se invente infracciones o corralones… Mejor evite esas erróneas acciones para que el país progrese, para que siga adelante en su marcha triunfadora. ¿Por qué quiere frenar el progreso de una gran nación como la República mexicana?... ¿Cómo creen que responda el guardián del orden? Con tehuacanazo y toques eléctricos en las orejas de mínimo o sesión con los Zetas.

Cito otra parte del trabajo del profesor: "Tal vez la raíz histórica de la corrupción en nuestro país esté aparejada a nuestra crisis de identidad. Quizá tenga que ver con la incertidumbre de pertenencia que nos dejó como saldo el encontronazo de los dos mundos: si no sé quién soy no sé a dónde pertenezco ni qué me pertenece, y si nada es de nadie todo puede ser mío. El hecho es que el efecto corruptor se ha vuelto epidémico porque ha sido viable, efectivo. Ésa es precisamente la diferencia entre el primer mundo y el nuestro: allá es más difícil ser corrupto que acá, y por eso allá la corrupción está más concentrada y es más esporádica aunque de mayores dimensiones, mientras que acá está más esparcida y es más cotidiana y de magnitudes variopintas. En México suele ser más fácil ser corrupto que ser honesto, y la corrupción cumple más eficazmente que la legalidad el papel de ordenadora de la sociedad."

Tal vez no tengamos ya nada de qué ocuparnos y eso de la lucha contra la corrupción no tenga razón de ser, porqué debería tenerla si estamos en medio de una sociedad de doble moral, de discurso ambivalente, de un pensar y un hacer que no coinciden en absoluto. Si es así entonces no se trata más que de otra capa parecida al de la cebolla. ¿Por qué luchar contra nosotros mismos?. En primer lugar para ya no repetir estos esquemas que nos colocan en el mundo como una de las naciones más podridas y dos, para acabar con estos moldes que de continuar heredaremos a las siguientes generaciones, como nos lo han heredado nuestros padres y abuelos.

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